De las raíces del presente

Alguna vez te has parado a pensar para qué haces lo que haces cada día? Desde las acciones más pequeñas hasta las grandes decisiones que cambian el rumbo de tu vida. Llega un momento que tenemos tan asentado el concepto de uno mismo y las rutinas diarias, que nos acostumbramos a tomar atajos que nos han servido en el pasado. Sin duda alguna estos caminos nos permiten ahorrar un tiempo en aquellas cosas para las que ya contamos con soluciones, y poder usarlo en otras en las que tenemos que empezar de cero. Pero bien es cierto que lo que nos ha servido alguna vez puede que ya no nos sea útil en el momento que nos interesa, que es el presente. Por eso conviene revisar los atajos que utilizamos pensando en si de verdad se ajustan ahora a las circunstancias en las que vivimos y, sobre todo, a los valores de nuestro hoy.

Conoces cuáles son tus valores? Sabes lo que te activa, inspira y emociona? Has experimentado cómo cambian con el tiempo, con nuestras vivencias, con nosotros mismos… Podemos comprobarlo revisando nuestra propia historia, viendo cómo lo que creíamos que era lo más importante cuando eramos niños se fue disipando dando paso a otras varas de medir la vida y lo que ocurría a nuestro alrededor. A nadie le cuesta entender que los valores de un niño sean muy diferentes cuándo llega a la adolescencia y que estos continúan en proceso de cambio a medida que el niño se convierte en adulto.

Pudiera parecer que es aquí donde termina el desarrollo de las cosas que verdaderamente nos importan, que llegada cierta edad se cristalizan y serán las reglas de vida que regirán el resto de nuestros días. Nada más alejado de la realidad, los valores se transforman con la experiencia y cuánto más vivamos, más posibilidades hay de que nuestra mente descubra nuevas maneras de vivir. Lo que nos empuja a seguir hacia adelante, las razones por las que hacemos lo que hacemos cada día, nuestra forma de relacionarnos con absolutamente todo lo que nos rodea, detrás de todo eso están nuestros valores. Y como no hay dos vidas, dos personas iguales en este mundo, tampoco los valores van a ser los mismos. Aceptar y respetar las acciones del otro, supone entender que su filosofía es diferente y no juzgarla también es un valor.

Nuestro compromiso con nosotros mismos pasa por el establecer cuáles son nuestros valores y que estos estén presentes en las acciones que llevamos a cabo día a día. Y cómo cada experiencia nos cambia y a su vez nosotros cambiamos nuestro alrededor, se hace necesario revisar las bases de las que partimos para construir nuestro mundo. Solo así lograremos avanzar desde el presente, en una dirección con sentido que nos guía hacia lo que verdaderamente nos hace felices, y no me refiero a una meta, sino al mismo camino por el que dejan huella nuestros valores.

Ponle nombre a tus valores y valor a tus acciones.

😉

el-principito


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