Una ventana a las emociones

Las emociones nos acompañan desde el momento en que nacemos. Nos ayudan a desenvolvernos en un nuevo mundo alertándonos de los potenciales peligros y dándonos información sobre lo que nos gusta y lo que nos desagrada. Gracias a ellas formamos vínculos con las personas que nos rodean que determinarán características de nuestra personalidad y de nuestras relaciones futuras. Y lo hacemos a través del repertorio de emociones con el que en parte nacemos y otras que vamos desarrollando con las experiencias de nuestra infancia y adolescencia. La familia, los amigos y la comunidad son los moldes que tomamos para elaborar nuestro particular mundo emocional. A medida que crecemos vamos poniendo nombre a lo que sentimos, dándole significados y actuando en consecuencia según lo aprendido. Así es como la alegría, la tristeza, la ira, el miedo, el asco, la vergüenza, la culpa y la sorpresa entran a formar parte de nuestro repertorio lingüístico convirtiéndose en herramientas esenciales para etiquetar las realidades que vivimos día a día.

Todas las emociones cumplen su función de ayudarnos a conocer el mundo, a nosotros mismos y a conectarnos con las personas. Pero hay una que es más estrella que las otras por el papel de protagonista que tiene en la educación que recibimos y la sociedad de la que formamos parte. Hablamos de la alegría, esa emoción que nos proporciona momentos de gozo, bienestar, placer, dicha…y que nos da energías para comernos el mundo y que nos enseña el lado bueno de las cosas. Todos queremos tener alegría en nuestras vidas, todo el tiempo que sea posible, y a ese deseo lo llamamos ser felices. Miramos hacia el pasado, construimos sueños, analizamos nuestro presente con la regla de la felicidad y descubrimos en esta búsqueda que la alegría nunca viene sola sino que deja espacio para las otras emociones. Y es entonces cuando nuestra inteligencia emocional, es decir, la habilidad que desarrollamos para entender nuestras emociones y trabajar con ellas, nos ayuda a tolerar la frustración de ver cómo se derrumba el mito de la felicidad.

De pequeños la vida se nos muestra como un lugar seguro y confortable en el que podemos explorar el mundo de la mano de nuestros padres. Esta curiosidad también nos permite acercarnos a las emociones que van surgiendo a medida que aumentamos nuestro conocimiento del mundo. Vamos aprendiendo sobre nuestros gustos, miedos y también sobre las consecuencias que nuestras acciones tienen a nuestro alrededor. Así es cómo los adultos moldean nuestro comportamiento mostrándonos lo que se premia y castiga en base a lo que uno quiere en la vida. Una de las lecciones que recibimos va sobre la felicidad y en ésta todas las personas que encontremos en el camino van a ser nuestros maestros.

La educación no es la única vía por la que aprendemos sobre las emociones, también están los mensajes que nos llegan de otros medios como libros, televisión, juguetes, publicidad… y todos esos elementos que están en nuestra vida desde la niñez. Son recursos que pueden ser un arma de doble filo bien sirviendo de complemento educativo o transmitiendo un mensaje contraproducente de que la meta en la vida es vivir felices y comer perdices. Por eso es tan importante fomentar el sentido crítico y aplicarlo en lo que vemos, oímos y en general, todo lo que percibimos con nuestros sentidos. Afortunadamente hoy ya somos conscientes de que es clave educar en emociones para poder comprender las diferentes caras de la vida y no emprender una búsqueda de la felicidad cuyo paradero es aún incierto.

Lo cierto es que la alegría convive con el resto de las emociones, incluso con su eterno rival, la tristeza. Aprendimos de forma natural a sentirnos tristes cuando nos pasa algo malo, y gracias a eso, nuestros allegados saben cuándo necesitamos su presencia. A su vez, cuando vemos dolor a nuestro alrededor, somos capaces de sentir ese dolor y lo abrazamos con compasión para ayudar a quién está herido. La tristeza es clave en la empatía, esa capacidad tan humana de ponerse en el lugar del otro y sentir lo que siente para poder hacer algo por él. Son estas emociones las que nos conectan en profundidad con los demás construyendo lazos que van más allá del compartir momentos alegres. Estas relaciones son las que nos hacen sentir más unidos a los otros y, en definitiva, a la vida. Y es entonces cuando nos sentimos satisfechos en nuestra propia piel y en el mundo a nuestro alrededor. Aquí está la paradoja, cuando no buscas la felicidad, la felicidad llega a ti en forma de tus valores. Las emociones están ahí para guiarte hacia lo que tiene sentido en tu vida. Escúchalas, siéntelas, el resto depende de ti.

Qué emoción se presenta aquí y ahora? Cierra los ojos, acompáñala en su viaje, descúbrela a través de tu mundo emocional interior.

delreves


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